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Cuentos infantiles con imágenes

Hacer ingresar a los niños al mundo de las historias, de los cuentos, puede ser una hermosa manera de estimular su imaginación, hacer proliferar su inteligencia y divertirlos durante un buen rato. A continuación, en ese sentido, presentamos hermosos cuentos infantiles con imágenes ilustrativas.

Cuentos cortos ilustrados


Unos amigos especiales

Un ratón y una rana eran muy buenos amigos. Todas las mañanas la rana saltaba del estanque e iba a visitar a su amigo, quien vivía en un agujero al lado de un árbol. Solía regresar a su casa al mediodía. El ratón se deleitaba con la compañía de su amigo sin darse cuenta que de a poco se iba convirtiendo este en un enemigo ¿La razón? La rana se sentía menospreciada porque, aunque visitaba al ratón todos los días, el ratón, por su parte, nunca había intentado visitarla.

Un día, cuando la humillación había llegado a su máxima expresión, tramó un plan peligroso. Cuando llegó el momento de despedirse del ratón, ató un extremo de su cuerda alrededor de su propia pierna y al otro extremo la cola del ratón. Así, con un simple salto, arrastró al desventurado roedor detrás de ella. La rana, entonces, se zambulló profundamente al estanque; el ratón intentó liberarse, pero terminó ahogándose. Su cuerpo hinchado flotó hasta la cima.

Un halcón vio al ratón flotando sobre la superficie del estanque. Se abalanzó y agarrando al ratón voló hacia la rama de un árbol, bien en lo alto. La rana, por supuesto, también fue sacada del agua, ya que seguía atada. Intentó desesperadamente escaparse, pero no pudo y el halcón puso fin de manera inmediata sus luchas. La moraleja es obvia: si cavas un pozo demasiado profundo para tu enemigo, puedes tú caer en el mismo.


El príncipe y la serpiente

El reino de Vijaygarh contaba con un rey sabio y amable. La gente era feliz, pero el propio rey estaba triste y preocupado. Una serpiente diabólica había entrado en el cuerpo del hijo, pero ni la medicina ni la magia podían hacer algo para curarlo.

Cuando el príncipe creció, con el paso del tiempo, se dio cuenta que era por él que su padre estaba tan preocupado. Por lo tanto, en una decisión cuestionable, un día salió del palacio. Vagando, terminó en otro reino, encontró un sitio desolado y comenzó a vivir allí, mendigando por comida.

El rey de ese lugar era cruel, pero tenía una hija sumamente amable y hermosa. El rey no estaba de acuerdo con su hija, porque siempre andaba ridiculizando su importante y arduo trabajo. Entonces el hombre pensó que lo mejor que podía hacer es casarla con un mendigo a su hija, ya que de esa forma valoraría lo que es el trabajo penoso y difícil. En esa situación, cuando el príncipe mendigo fue a pedir comida al palacio, la máxima autoridad del reino lo obligó a casarse con su hija. El príncipe errante y su nueva novia, entonces, se dirigieron al lugar desolado donde vivía el primero, que era un palacio en ruinas. En el camino, se detuvieron para descansar: la princesa dio la vuelta en búsqueda de comida; mientras que su marido se fue a dormir.

Cuando la princesa regresó, se sorprendió al ver una serpiente sentada sobre la boca de su esposo. En un monte cercano se sentó otra serpiente y estaban hablando entre reptiles. “¿Por qué no dejas el cuerpo del príncipe? Es muy amable y gentil”, dijo la serpiente sentada en el montículo. “Tú también eres malo ¡Atacas a los transeúntes! No deberías decirme qué hacer”, respondió la serpiente que estaba cómoda sobre la boca del príncipe.

Sin embargo, en un golpe de valentía, la princesa, que había escuchado la charla atentamente, mató a las dos serpientes. Ella luego contó sobre esas dos criaturas. El príncipe estaba feliz, por lo que con la buena noticia, le contó quién era realmente. De manera inmediata, partieron hacia el palacio del príncipe. El rey, ante esa situación, estaba encantado de ver nuevamente a su hijo y, sin lugar a dudas, mucho más cuando se enteró de que habían matado a la serpiente diabólica. El príncipe y la princesa vivieron felices durante mucho tiempo. Después de muchos años, el reino celebró el día en que la pareja real dio luz a gemelos, un niño y una niña hermosos.


Cuentos clásicos cortos


Caperucita roja

Había una vez una preciosa niña que siempre llevaba una capa roja con capucha para protegerse del frío. Por eso, todo el mundo, la llamaba Caperucita Roja. Caperucita vivía en una casita cerca del bosque; un día su mamá le dijo. “Hija mía, la abuela está enferma. He preparado una cesta con tortas y un tarro de miel para que se la lleves ¡Ya verás qué contenta se pone!”. “Estupendo, mamá. Yo también tengo mucha ganas de visitarla”, dijo Caperucita saltando de alegría.

Sin embargo, cuando Caperucita iba a salir de su casa, su madre, muy seria, le hizo una advertencia importante. Le dijo que tuviera mucho cuidado, ya que en el bosque vive el lobo y es muy peligroso. Si por esas cosas viera que aparece, tiene que seguir adelante a toda prisa. “No te preocupes, mamá; tendré en cuenta todo lo que me dices”, anunció Caperucita. Madre e hija se fundieron en un abrazo y se despidieron finalmente.

Cuando llegó al bosque, la pequeña comenzó a distraerse contemplando los pajaritos y recogiendo las flores. No se dio cuenta que alguien la observaba detrás de un frondoso y viejo árbol. De repente, escuchó una voz dulce y zalamera. “¿A dónde vas, Caperucita?”. La niña se detuvo, con la respiración entrecortada, giró y se dio cuenta que quien le hablaba era un enorme lobo. ” Voy a la casa de mi abuela, al otro lado del bosque. Está enferma, por eso le llevo una deliciosa merienda y unas flores para alegrarle el día”. “Oh, eso es estupendo. Yo también vivo por allí. Te echo una carrera a ver quién llega antes. Cada uno iremos por caminos diferentes ¿Te parece bien?”, contestó el lobo.

La niña, muy inocente, pensó que era una idea divertida y aceptó. No sabía que el lobo había elegido el camino más corto para llegar de manera más pronta a su destino. Cuando el animal llegó a la puerta de la casa, llamó. “¿Quién es?”, gritó la mujer en el interior. “Soy yo, querida abuela. Tu nieta preferida Caperucita ha llegado; ábreme la puerta”, anunció el lobo imitando la suave y dulce voz de la niña. La abuela contestó que la puerta estaba abierta y el lobo malicioso pasó.

El lobo entró a la casa y sin pensarlo dos veces saltó sobre la cama y se comió a la anciana. Después, se puso su camisón y su gorrito de dormir, metiéndose en la cama para esperar que llegara la niña. Al rato, se oyeron unos golpes y el lobo preguntó quién era, imitando la voz, en esta ocasión, de la dulce abuela. “Soy yo, Caperucita. Vine a hacerte una visita y traerte unos ricos dulces para merendar”, dijo la niña. El lobo le anunció que pasara, que quería saludarla, mientras se relamía de placer por el manjar futuro.

La habitación, en ese momento, estaba muy oscura. Cuando se acercó Caperucita le pareció que su abuela estaba muy cambiada. “Abuelita, qué grandes ojos tienes”. “Son para verte mejor, preciosa”, contestó el lobo. “Abuela, qué grandes ojos tienes”, insistió la pequeña. “Son para oírte mejor, querida”. “Pero abuela, qué boca tan grande tienes”, replicó la joven de nuevo. “Son para comerte mejor”, contestó el lobo, desatando su furia. La niña, entonces, fue comida de un solo bocado.

Con la barriga llena después de tanta comida, el lobo acudió al bosque y se recostó en un árbol. Hizo tanto ruido que llamó la atención de un cazador que andaba por allí. Como vio este que el lobo contaba con una barriga hinchada, le pareció algo muy raro y le abrió, sin permiso, la panza. ¡Gran sorpresa se llevó cuando se dio cuenta que en su interior estaban la niña y la abuela! Ambas pudieron salir sanas y salvas.

Después de ser liberadas las mujeres, se le coció la panza al lobo y se esperó a que despertara. Cuando lo hizo, vio que todos los rodeaban y escuchó la amenazante voz del cazador. “Lárgate lobo, no te queremos en el bosque: si te vuelvo a ver no contarás la historia”. El lobo aterrado salió corriendo. La niña y la abuela se abrazaron llorando, agradeciendo al cazador. El susto había pasado y la pequeña había aprendido una gran lección: no dudar de su madre ni fiarse por extraños.


Los tres cerditos

Había una vez tres cerditos que vivían al aire libre cerca del bosque. A menudo se sentían inquietos porque allí solía andar un lobo que amenazaba con comérselos. Un día, como decisión prudente, decidieron que cada uno debía construir su casa para estar protegidos.

El cerdo más pequeño, que era muy vago, decidió que su casa sería de paja. En poco tiempo juntó cañas secas y en seguida ya tenía su hogar. Muy satisfecho, se fue a jugar. “Ya no le temo al lobo feroz”, le dijo a sus hermanos. El cerdo del medio era un poco más decidido, pero tampoco le gustaba demasiado trabajar. Pensó que una casa de madera era suficiente. Fue a buscar el material al bosque y construyó su casa en algunos días. Luego, muy contento, se fue a jugar con otros animales. “Qué bien, yo tampoco le temo al lobo feroz”, también le anunció a los otros animales. El mayor de los hermanos, sin embargo, era el más sensato y tenía buenas ideas. Como quería una casa fuerte e indestructible, la construyó con cemento y ladrillos. Pasó muchos días en su edificación y sus hermanos, en verdad, no lo entendían. Para ellos una casa se hace en seguida y no había necesidad de tanto trabajo. El cerdo mayor, ante lo dicho por sus pequeños hermanos, dijo que la realidad se vería cuando el lobo realmente los atacara. De esa forma, se podía probar si las tres casas eran iguales.

Tardó varias semanas y resultó agotador, pero el resultado valió la pena. Con la casa terminada, el mayor de los hermanos se sintió orgulloso. “¡Qué bien quedó mi casa! Ni siquiera un huracán podrá con ella!”. Cada cerdito, entonces, se fue a su hogar. Sin embargo, cuando el más pequeño un día estaba jugando en un charco, pudo ver que se aproximaba un temible lobo. El pobre cerdo se fue a su casa a refugiar y se sintió a salvo. Pero oyó que afuera el lobo hablaba. “Soplaré, soplaré y la casa derribaré”. Tal como parecía que iba a suceder, con el fuerte soplido la casa de paja se derrumbó y el cerdo fue a lo de su hermano mediano, donde ambos se escondieron. El lobo apareció en unos segundos y dijo las mismas palabras. “Soplaré, soplaré y la casa derribaré”. Lo hizo tan fuerte, que la casa comenzó a moverse y las maderas empezaron a caer. Los dos hermanos, desesperados, llamaron al mayor, quien les abrió, los dejó pasar y cerró la puerta con llave. “Pueden quedarse tranquilos, esta casa es muy fuerte”.

El lobo, empezó a soplar y por más que lo hizo, la casa permanecía igual. Era muy resistente. Aún así no se dio por vencido, buscando un hueco para poder entrar. Como no lo halló, subió a un árbol cercano y de ahí saltó al tejado. Entró por la chimenea, pero no se esperaba que el fuego estaba calentando una enorme olla de caldo abajo. Con la terrible quemadura que tuvo en su cola, se deslizo nuevamente por la chimenea y huyó para no volver nunca más.

“¿Ves lo que ha sucedido? Por ser vagos e indolentes apenas pudieron escabullirse de las garras del lobo. Hay que pensar las cosas mucho: primero la obligación y luego la diversión”, le dijo furioso, a modo de reto, el cerdito mayor a sus dos hermanos menores.

Por supuesto, aprendieron la lección: desde ese día construyeron el cerdo pequeño y el mediano una casa tan sólida y fuerte como la de su hermano mayor y sabio. Y vivieron, tranquilos, por siempre.


Cuentos infantiles con moraleja


El león y el ratón

Una vez cuando el león, rey de la selva, estaba dormido, un ratoncito comenzó a correr sobre él, de arriba para abajo. Esto pronto despertó al león, que colocó su enorme pata sobre el ratón y abrió sus grandes mandíbulas para tragárselo. “Perdón, oh rey. Perdóname esta vez; nunca lo repetiré y nunca olvidaré tu amabilidad. ¡Y, quien sabe, tal vez pueda darte una buena ayuda uno de estos días”, dijo el ratoncito, entre asustado e inteligente.

El león, por su parte, estaba tan emocionado con la idea de que el ratón lo pudiera ayudar que levantó la pata y lo dejó ir. Algún tiempo después, unos cazadores atraparon al león y lo ataron a un árbol. Después de semejante acto, buscaron algún carro para llevarlo al zoológico. Justo en ese momento, sin embargo, pasó el ratón y vio que el león estaba en apuros, por lo que empezó a roer las cuerdas que ataban al rey de la selva con suma velocidad. Finalmente, lo pudo ayudar y liberar. El ratón estaba muy feliz de ayudar y el león de tener un pequeño buen amigo. La moraleja es que los pequeños actos de bondad suelen ser muy bien recompensados.


La liebre y la tortuga

Había una vez una liebre veloz que se jactaba de lo rápido que podía correr. Cansado de escucharla alardear, la tortuga la retó a una carrera. Todos los animales del bosque, ante un hecho tan extraordinario, se juntaron a mirar.

Inició la carrera, la libere corrió por un buen tiempo y ante la enorme distancia que había sacado de su competidor, se detuvo y empezó a mirar. “¿Cómo esperas ganar una carrera si caminas a un ritmo tan lento?, dijo la liebre, casi segura de su victoria. Como pensó que había mucho tiempo para esperar, se sentó al lado de un árbol y se puso a dormir una pequeña siesta.

La tortuga, lenta pero con mucha firmeza y constancia, avanzó y avanzó hasta casi llegar a la meta. Ante los gritos de apoyo del público, la liebre se despertó de su profundo sueño y, con mucha desesperación, corrió hacia la meta a toda velocidad. De todos modos el esfuerzo fue vano: la tortuga, para sorpresa de todos, había vencido en la carrera. La moraleja es que con constancia y firmeza se puede ganar a aquellos que se jactan de algo antes de lograrlo.


El ganso de oro

En un pueblo vivía un granjero con su esposa. Estos eran muy pobres, ya que tenían una pequeña granja en donde solo cultivaban vegetales. Con mucho esfuerzo, sin embargo, lograron ahorrar un poco de dinero con sus ventas. Esto le permitió, luego de un tiempo, comprar un ganso. Se lo llevó a la casa e hizo un nido para poner huevos. “El animal producirá huevos para comer, hacer pan y vender”, pensó con cierta sabiduría el granjero.

A la mañana siguiente, cuando fue a recoger algunos huevos para el desayuno, levantó al ganso y, para su sorpresa, había puesto huevos de oro. A la mañana siguiente encontró otro huevo y así sucesivamente con el correr de los días. Lenta y constantemente, el granjero y su esposa obtuvieron unas importantes riquezas. Sin embargo, desgraciadamente la ambición pudo más. “Piensa que si pudiéramos tener todos los huevos de oro que están dentro del ganso, seríamos ricos más fácilmente y con mayor rapidez”, declaró la esposa. El granjero pensó que estaba en lo cierto, porque así no deberían esperar cada día para solamente obtener un huevo de oro.

Al día siguiente, llevaron adelante su siniestro plan. Tomaron al ganso, lo levantaron de su nido y con un cuchillo lo abrieron, descubriendo, desgraciadamente, que era adentro tan idéntico como cualquier otro animal: solo había tripas y sangre. El pobre ganso no tenia huevos de oro en su interior y los granjeros no tendrían un huevo de oro nunca más en sus vidas. La moraleja nos dice que cuando se desea demasiado se pierde lo que es suficiente.


La hormigas y el saltamontes

Un día de verano en un campo, un saltamontes se solazaba cantando y bailando, todo a sus anchas. Pasó una hormiga que llevaba con gran esfuerzo a su guarida una mazorca de maíz. “¿Por qué no vienes y te diviertes conmigo en vez de tener una vida tan triste y aburrida?, dijo un tanto jactancioso el saltamontes. “Estoy ayudando a recolectar y almacenar comida para el invierno y te recomiendo que hagas lo mismo”, le contestó la hormiga. “¿Por qué preocuparse por el invierno? Aún tenemos mucha comida”, retrucó el saltamontes.

La hormiga, trabajadora y sumamente agotada, hizo como si no escuchara y siguió su camino. Finalmente, el invierno llegó y lo encontró al saltamontes muerto de hambre. Mientras, veía que todas las hormigas, previsoras, repartían maíz y grano entre cada una de sus tiendas. Finalmente, el querido saltamontes había entendido su gran error. La moraleja nos indica que el trabajo arduo de hoy será parte de los beneficios del mañana.


El patito feo

Era un hermoso día de verano, el sol brillaba de manera cálida y detrás de una casa estaba una mamá pata esperando que se abran sus diez huevos. De repente, eso comenzó a suceder. Todos salieron sin problemas, salvo el último, que era inusualmente grande. La mamá pata esperó un poco más, impaciente y finalmente aquel se abrió: salió su bebé. que se veía grande y fuerte, pero era gris y feo.

Al día siguiente la mamá llevó a sus patitos al río, todos saltaban, también el patito feo. Todos jugaban y nadaban, demostrando el patito feo que era el que mejor lo hacía. Luego de un rato, la mamá se llevó a sus hijos pequeños al patio de la granja. Sin embargo, el corral era muy ruidoso y el patito feo sufría: las gallinas lo picoteaban, el gallo se le abalanzaba, el granjero lo pateaba y sus hermanos no le hacían mucho caso.

Un día, por fin, se escapó y fue al río. Vio muchos pájaros grandes y hermosos en ese sitio. Tenían alas bonitas, plumas muy blancas y cuellos extremadamente largos. El patito los miraba, quería quedarse con ellos y ser como ellos. Sabía que eran cisnes y quería ser tan hermoso como esas criaturas. Era invierno, todo estaba cubierto de nieve y el patito feo era muy infeliz.

Pero, finalmente, llegó la primavera y todo era fresco, verde, cálido. Una mañana el patito feo volvió a ver a los hermosos cisnes. Él los conocía y quería nadar como ellos en el agua. Tenía miedo y estaba tan triste, que quería morir. Nadie lo quería por su apariencia. Se lanzó, entonces, al río, miró el agua y al fin vio un hermoso cisne. ¡Y es él! Ya no era un patito feo. Era un hermoso cisne blanco. La moraleja es que todos los seres vivos tienen una gran belleza en su interior.