Las frases más bonitas de canciones de amor

El amor posiblemente sea el sentimiento por antonomasia. Y no lo decimos por sus largos avatares en la historia o por lo que profieren terceros embelesados, sino porque es un camino que todos recorremos, uno que conmueve, que modifica, que ocasiona un tembladeral en todos nuestros sentimientos. Es que el amor llega para transformanos a tal punto que percibimos como carencia, nulidad, vacío lo que éramos antes de su llegada. Y el amor, asimismo, genera un torbellino interior, un lirismo dispuesto a salir en cualquier momento, ya que tenemos mucho para expresar. A continuación te dejamos un ejemplo de ello con hermosas canciones y sus frases, atenidas a este tópico hermoso.

El amor despierta cosas hermosas en uno, pero también produce grandes dolores de cabeza. En rigor de verdad, como se vive en la manera absoluta, como se tiene por algo sumamente importante, es lógico que dé lugar a enormes felicidades y a profundas tristezas, que nos lleve a las cimas de las montañas y nos entierre en las simas de una grieta.

El amor también es presencia, porque no necesitamos algo físico que lo determine o, mejor dicho, como tal persona está de manera perpetua en nuestra mente, cualquier situación nos la recuerda, nos la trae a colación. El mundo, por entonces, se convierte en un enorme índice del amor hacia cierto individuo.

En ese sentido, las letras de las canciones son hermosas maneras de explanar y explayar lo que nos pasa o lo que nos pasó. Los múltiples y polifacéticos destinatarios, por su parte, sentirán empatía, se verán conmovidos, comprenderán casi de manera pueril que esa canción estaba confeccionada para ellos.

El amor es un objeto desconcertante. Y justamente el desconcierto lo genera lo que ocasiona: desvelos, pensamientos fijos y recurrentes, esfuerzos, modificaciones de ánimos; es un auténtico trastorno, una revolución en nuestro ser que por lo menos en un tiempo ya no será el mismo. Luego, el destino o el azar dirá qué sucederá.

Hay ciertas personas en nuestra vida que generan un clima de calidez sensacional, que regalan quizás un otoño o primavera en los inviernos más crudos. Debemos cuidar esos seres, ya que son auténticos jardines en el lodozal del existir. El amor apuntala en ese sentido, aunque luego los desenlances pueden ser sumamente variados. Un pensamiento recurrente es como un objeto preciado. Lo dejamos solo cuando descansamos, para volverlo a remotar nuevamente ni bien nos despertamos. Sin embargo, en el amor la cuestión es un tanto más amplia: ni siquiera en el mundo onírico descansamos por aquel; es que nos sentimos tan dichosos, nos vemos impelidos hacia el cariño, la pasión.

Y todo es una víspera. Eso es algo curioso en el amor: lo vivimos 24 horas, pero quizás el momento culminante sea reducido, esos instantes en donde el alma deseada se personifica, en donde se genera un vis a vis fenomenal con la persona que nos quita el sueño.

El lenguaje es un animal excesivamente camaléonico. No pensemos en la gramática por un momento ni en la rigurosidad de la sintaxis: el lenguaje tiene posibilidades infinitas, maneras de esbozar y expresar sentimientos tan profundos que a veces nos quedaríamos sin aliento si no fuera por su servicio. Las canciones son maneras preciosas de demostrar amor.

Eso es lo que sentimos con el amor: que alguien nos arrebata, nos embelesa, nos deja sin aliento. Es una situación de secuestro, pertenecemos a otro; pero, siempre cavilando, que es una tesitura que debe ser para algo mejor, que siempre nos aguarda un porvenir que medre lo presente.

El amor puede ser tranquilidad, pero ya conocemos las sensaciones: nerviosismo, escasez de atención en otros menesteres, mariposas imaginarias en el estómago. En rigor de verdad, pese al placer promisorio, el amor posee mucho de delirio báquico, de confusión o locura que, sin embargo, pensamos y deseamos que nos haga muy bien. Pero las letras de canciones no solo refieren a amores sencillos, con final feliz y punto. No, en rigor de verdad, el amor puede ser triste, lóbrego, complejo en sus vicisitudes y motivos; puede dar lugar, en definitiva, a sensaciones de nulo contento.

Si hay algo que molesta en el amor es la distancia, ya que necesitamos de la carne del otro para sostener el sentimiento. El amor es como una suerte de holograma que necesita del combustible, es el ejemplo de que a la virtualidad le es indispensable la actualidad de lo físico.

El tiempo es tirano, suele decirse. Pero en rigor de verdad, semejante apotegma es injusto con el tiempo y sumariamente justo con el hombre. Porque este último, por lo general, es quien decide desaprovecharlo, soslayarlo, no comprenderlo en su pureza. Claro está: el amor es de a dos y semejante ponderación a veces no proviene de uno.

El amor es adicción, por lo menos en un inicio. Y sabemos que el deseo siempre será bienvenido: es síntoma de que se sigue amando, de que el fuego de la pasión nunca se ha apagado. Las canciones lo suelen reflejar muy bien.

En última instancia, lo que queremos es paz, sentirnos protegidos, comprender que alguien más nos puede arrojar del anonimato y darnos una luz muy especial. El amor es selectivo y saberse seleccionado es una suerte de caricia al alma, un confortable sentimiento que sosiega los fantasmas más profusos y profundos.

El amor puede ser algo malo. Lo repetimos: cuando se juegan sentimientos tan importantes si alguna parte no está a la altura el dolor puede acaecer de forma magnífica. En rigor de verdad, el amor también es una cosa de enorme responsabilidad; lamentablemente no todos comprenden semejante definición.

¿Y si el amor no se cumple jamás? ¿Y si es solo un artilugio para almas pueriles? ¿Será mejor, entonces, nunca haber amado que haber amado mal? ¿O la empresa amorosa vale la pena pese a su corolario luctuoso? Cada quien sacará sus respuestas, pero las canciones otorgan esos interrogantes.

Sabiduría del cuerpo: si te aferras a una soga que quiere escaparse, seguramente la mano se lastimará. Lo mismo sucede en el amor: las retenciones forzosas maximizan el dolor, la sensaciones de vacío y sentimientos por el estilo. Poder decir adíos, como decía Cerati, por lo tanto, es crecer, casi siempre.

Pero no buscamos sufrimiento, nadie se embarca en un albur amoroso para salir lastimado. En rigor de verdad, la empresa original siempre será el anhelo de felicidad, el querer sentirse más vivo, que el vitalismo haga estallar nuestras venas y que estemos abiertos a todas las posibilidades del existir. Si amamos y somos afortunados no solo encontramos otro motivo grande en la vida, sino que hasta lo nimio se llena de fundamentos.

A veces solo lo que necesitamos es un te quiero, un te amo, una disposición en el acto que nos indique cuán especiales somos para esa persona amada. Los actos de los seres más variados pueden sernos baladíes, carentes absolutamente de importancia; pero cuando ese individuo singular los emprende la realidad cambia y queremos ser los protagonistas.

Sentimos, cuando el amor llega a su máxima expresión, que quisiéramos fundirnos en el otro, que carece absolutamente de sentido mi individualidad porque con el prójimo amado somos perfectos. En rigor de verdad, es un revivir el mito de la media naranja.

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